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Hay escasez de combustible en un país que presume las mayores reservas petroleras del mundo. Las refinerías venezolanas trabajan al 30% de su capacidad. PDVSA se militariza hasta el tuétano, con el claro propósito de que los verde oliva, acompañados de su conspicua ineptitud, raspen la olla y aseguren la quiebra final de la empresa. La luz se va en cualquier parte del territorio, sin aviso y sin plazo.

El presidente de la república promete un pernil de cochino navideño para cada familia, y cuando la extremidad de puerco no aparece le echa la culpa –of all people– a saboteadores portugueses.

La Unidad dejó de ser unitaria: algunos líderes tienen claridad sobre la situación del país, mientras otros se creen el cuento del gallo pelón y participan en un diálogo que no llega a ninguna parte. “Estamos dialogando”, dicen los rojos, mientras preparan las elecciones presidenciales, fraude incluido, y corren la arruga con el oxígeno que reciben desde Dominicana. El diálogo, para el gobierno, es una  fábrica de argumentos para los observadores externos que “ven con preocupación” la situación política y las violaciones a los derechos humanos

Las protestas se riegan por el país, esta vez sin convocatoria ni dirección ni ideología. La gente sale espontáneamente a la calle reclamando su CLAP y su canasta navideña, o descarga su molestia porque el agua sale sucia del chorro, cuando sale.

Las colas para comprar –o pedir, o mendigar- cualquier cosa se multiplican como conejos (¿qué pasaría con los roedores que iban a darle proteínas a la gente?), e incluyen ahora las estaciones de gasolina. Salen videos de unos esbirros que desde un camión le lanzan a una multitud bolsitas de comida o “juguetes” navideños (un eufemismo para referirse a perritos de goma) y la gente se pelea por las migajas y sonríe cuando le toca una.

Estas manifestaciones ocurren al margen del liderazgo opositor, que perdió su capacidad de convocatoria, y pueden representar el germen de la explosión que nadie quiere pero que puede ocurrir.

Así termina 2017, annus horribilis, y así empieza 2018, que no promete ser mejor. Quizás la única buena noticia sea la excarcelación de unos 40 presos políticos (“personas detenidas”, dice Rodríguez Zapatero), aunque la perversión del régimen les haya impuesto la alcabala de pasar por la ANC a escuchar un regaño de Delcy (y aunque los presos que salen por una puerta terminen entrando por otra). Con la continuación del diálogo en enero, se extenderá el conteo de protección a la dictadura. La comunidad internacional seguirá preocupada, pero ahora un poco menos porque las partes conversan. Las sanciones podrán esperar.

Con las reservas del caso, deseo a mis estimados lectores un feliz y próspero año nuevo, donde quiera que se encuentren.




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