“Sin mentira no cabe imaginar ninguna
relación social, no cabe imaginar una sociedad
en la que la mentira estuviera negada”. Ignacio Mendiola. Profesor de Sociología en la Universidad del País Vasco (UPV)

Es necesario repensar el sentido que le da a la mentira en la sociedad actual, transitar por sus ambivalencias, recorrer los múltiples rostros con los que se dota.

Más allá de la condena moral que suele asociarse a la mentira, Ignacio Mendiola enfrenta con la evidencia de que la mentira no es ajena, que nunca lo ha sido y que sobre la mentira han contado muchas mentiras.

Como indica acertadamente Gonzalo Abril que, a través de lecturas literarias y fílmicas, de experiencias intelectuales de todas clases con las que ha descubierto la mentira como una presencia sutil y sinuosa al alrededor que salvaguarda del sinsentido de la vida, que permite refugiarse de una cruda e inhóspita realidad.

Este conocimiento proporciona las claves para entender el complejo tejido de relaciones que rodean la vida, a la vez que reivindica de una forma brillante el derecho a la mentira.

“A los sociólogos y las sociólogas les gusta saber lo que realmente sucede, lo que hay tras las apariencias, y por eso estudian casi cada aspecto de la vida social. Nada hay demasiado sagrado ni demasiado profano para evitar el escrutinio de quien ejerce la sociología. Y si se rompe esa superficie de las apariencias, si se ve lo que hay detrás de las máscaras que los individuos y las organizaciones llevan puestas, se encontrarán muchas ocasiones que la realidad no se parece en nada a lo que se muestra para su exposición al público…”

Sobre la mentira pende una intensa mala reputación que la sitúa como una estrategia de comunicación ocultadora y tergiversadora de lo real –asimilado positivamente a lo cierto– que nubla la posibilidad del conocimiento acerca de la naturaleza de un acontecimiento, un estado anímico, un sentimiento.

Desde pequeños se enseña a no mentir, son los padres y madres los que inculcan decir la verdad, pretenden saber y controlar los actos de los hijos, pero al mismo tiempo, conociendo que los niños suelen ser transparentes y decir lo que piensan, es decir, no se callan, se establece un doble rasero, ante los demás que dicen que no hay que contar ciertas cosas, por aquello de la intimidad familiar.

Así es como se inicia la ocultación, que en breve se transforma en mentiras para evitar callar y evitar silencios que delatan verdades. Al mismo tiempo, se genera otro conflicto en el seno familiar. Los propios padres y madres se ocultan cosas entre ellos y como sus hijos son testigos en la mayoría de las ocasiones, se les enseña a ocultar, a no chivar, para que el otro progenitor no se entere, aprenden así a utilizar la mentira y la ocultación en virtud de la ocasión y a justificarla.

Son esas complicidades que se gestan en los primeros años de vida y que se afianzan en el comportamiento del menor, de tal forma que a lo largo de la vida se utiliza la mentira en sus diversas variables, ocultación, simulación, etc., en virtud de la experiencia previa adquirida y de las ventajas que ello ofrezca.

En definitiva, el ser humano evolucionado sigue con sus instintos básicos de supervivencia, más sofisticados, pero esencialmente tan primitivos como en los inicios de la vida, valiéndose de todo aquello que esté en su mano para conseguir satisfacer sus intereses. La sociedad funciona, pero su funcionamiento no siempre es fácil de entender, los sociólogos intentan dar explicaciones a hechos que parecen ciertos y no lo son por el uso habitual que se hace de la mentira.

Desenmascarar la mentira no es tarea fácil, la sociedad admite su uso y la utiliza de manera natural, en ocasiones sin la mentira no es posible la convivencia, esto justifica que determinar los efectos de muchas conductas sociales, no está al alcance de la mano sin conocer la motivación individual de cada uno de los miembros de esa sociedad, por otra parte, algo imposible de lograr.

En definitiva, la mentira está mal vista, pero la sociedad pretende ocultarla cuando se sirve de ella. La mentira es un refugio en el que el sujeto puede hacer habitable el vivir en sociedad y relacionarse con los demás. Permite que lo social funcione.

Pretende ser mucho más amoral que cínica. Los tratadistas de esta área del conocimiento enfatizan que el elogio de la mentira no es cínico o banal, ni da pie a emitir cualquier mentira. No es nunca una legitimación de la mentira. Hay que elogiar lo que da la mentira, pero siempre tiene que ir en conjunción con la pregunta, con cuestionar qué tipo de escenario abre la mentira, poner en cuestión el relato que abre cada mentira.

La mentira siempre va dirigida a otra persona o un colectivo. Hay una política de la mentira, un intento de que el otro actúe o piense de una determinada forma. Lo que demanda un elogio es que la mentira permite una buena relación con los demás. Si no, en las relaciones sociales se estaría completamente expuestos a los demás, sería totalmente transparentes, y eso es invivible, pero se cree que se debe poner todo en cuestión.

Por otro parte, si según parece, la mentira supone la invención deliberada de una ficción, no por eso toda ficción o toda fábula viene a ser una mentira; y tampoco la literatura. Ya se pueden imaginar mil historias ficticias de la mentira, mil discursos inventivos destinados al simulacro, a la fábula y a la producción de formas nuevas sobre la mentira, y que no por eso sean historias mentirosas, es decir, si se guía por el concepto clásico y dominante de mentira, historias que no sean perjurios o falsos testimonios.

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