20 agosto 2013

Asdrúbal Aguiar || Crónicas de Facundo

La habilitante, una mala palabra
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Las habilitaciones, para que mediante decretos el Presidente legisle sobre materias reservadas al parlamento, son una clara desviación de la democracia. Esta se funda, entre otros elementos de garantía, en la separación e independencia de los poderes. Sólo situaciones de emergencia justifican -es la regla dentro de las democracias verdaderas- el ejercicio de la llamada “dictadura constitucional”, de estirpe romana.

En Venezuela, salvo las prevenciones de la Constitución de 1961, una vez aprobada la de 1999 se entiende a la habilitación presidencial como una patente de corso, que se funda en el pecado original -de origen bolivariano- que aún nos impide vivir en una democracia civil y madura, a saber, el culto al gendarme necesario. El “césar democrático” se atribuye a sí el derecho de pensar, hablar y decidir por todo y por todos. No por azar el Libertador, al referirse a la obra de nuestra primera Ilustración -la de 1810 y 1811- acusa de insensatos a los civiles quienes la forman y sostiene que no estamos preparados como nación para el bien supremo de la libertad. Esa es la historia.

También es historia el repetido uso de muletas por nuestros gobernantes -antes el causante y ahora su causahabiente- para imaginar urgencias donde lo que existe es negligencia e impunidad, indolencia en el manejo de las políticas públicas; y a objeto de, tras de aquellas, meterle al país por el buche un torrente de leyes arbitrarias sin debate nacional. ¿Qué impide que la actual Asamblea discuta, con sinceridad y sin trapisonda, sobre la corrupción y si es el caso -que no lo es- adopte las reformas legales necesarias?

Arguyendo el tema de las lluvias, usurpando el mandato constitucional de la actual asamblea, su predecesora al apenas concluir su mandato y bajar el telón, con tal excusa habilitó al soldado muerto para su último acto dictatorial. Las inundaciones bastaron como justificación para el dictado por éste de leyes que ninguna relación tenían con la cuestión. Es lo mismo que ocurre antes, en 2008, cuando en uso de su tercera habilitación desde 1999, el mismo “Comandante Supremo” como ahora le llaman, entre gallos y medianoche y sin conocimiento previo de los venezolanos aprueba 26 leyes que cierran el círculo de su inconstitucional modelo de Socialismo del siglo XXI.

Sobre la corrupción sabe y entiende mucho el usurpador Nicolás Maduro Moros, quien alguna vez es retenido en Nueva York por cargar dólares no declarados y en cantidad que prohíben las leyes internacionales. Sin ánimo filatero puede decirse que ningún otro régimen del pasado fue tan corrompido como el que está en vigor. Se han esfumado, dejando a nuestro suelo bajo escombros materiales y morales, más de 999 mil millones de dólares que no agregan los miles de millones que pesan hoy como deuda sobre las generaciones futuras.

El Plan Bolívar 2000, la corrupción en el TSJ, los negociados de la monarquía barinesa, Pudreval, la valija argentina, los dineros de los jubilados de Pdvsa, el caso de los narcogenerales, el escándalo de Bandes, el nepotismo en la Asamblea de la Flores, el Fondo Chino, los crímenes de Estado que confiesan Aponte Aponte e Isaías Rodríguez, las contrataciones eléctricas y petroleras denunciadas en USA, son sólo cuentas del largo rosario de delitos ante los que han sido indiferentes el Ministerio Público y nuestros jueces, quienes los purifican en la pila bautismal de la razón revolucionaria.

Seamos sinceros. En 1945 nacen los Tribunales de Responsabilidad Civil y Administrativa para purgar, sin distinguir, a todo aquel quien hubiese militado en las filas del gomecismo o del lópez-medinismo. En 1958 se hace otro tanto con la Comisión Investigadora de Enriquecimiento Ilícito, a fin de despachar hacia el basurero de la historia al perezjimenismo, corrupto o no. En 1978 se aprueba la Ley de Salvaguarda para barrer al “herrerismo” de la faz de la tierra, por incómodo para su propio partido y para AD, que mal acepta un copeyano presentarse como “presidente de los pobres”. Y en 1992, blandiendo la lucha contra la corrupción, se tumba al gobierno de CAP por incómodo para su partido y sobre todo para las víctimas sobrevivientes de la Revolución de Octubre.

Esa historia vuelve ahora por sus fueros. La ingenuidad o la autenticidad con la que se promueve, dado ello, el espíritu del diálogo y ante catones morales venidos desde el infierno del Dante, puede derivar en una catástrofe.

El cura Jorge Mario Bergoglio, mucho antes de llamarse Francisco, recuerda bien que nada es más peligroso que el “sincretismo conciliador”; fascinante “por su apariencia de equilibrio” y que adquiere sus mayores dimensiones “en el área de la justicia y a precio de los valores”, entre éstos la verdad. “Es la forma más larvada de totalitarismo moderno”.




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