Con sus 7.000 kilómetros de litoral, Irlanda tiene una antigua tradición. (Foto Archivo)

EFE

Cuando baja la marea, la costa irlandesa deja al descubierto un mar de algas de múltiples variedades, todo un tesoro para los amantes de los alimentos sanos y de los que no temen experimentar en la cocina.

Aunque las excursiones en busca de algas, su uso en tratamientos de belleza caseros o en preparados alimenticios con fines terapéuticos son fenómenos relativamente nuevos en Occidente, en Irlanda la relación con estos organismos marinos tiene una larga historia.

Los fogones de los cocineros más conocidos y vanguardistas también comienzan ahora a popularizar variedades de estas plantas marinas, como el nori, la lechuga de mar, el espagueti marino, el dulse o el agar-agar.

Con sus 7.000 kilómetros de litoral, Irlanda tiene una antigua tradición de recolección de las versátiles algas y sus habitantes han recurrido a ellas para beneficiarse de su altísimo contenido en vitaminas y minerales.

Durante la Gran Hambruna, que entre 1845 y 1852 se cobró la vida de aproximadamente un millón de personas y obligó a otro millón a emigrar, lo que redujo su población en casi un 25 por ciento, muchos habitantes de esta isla sobrevivieron gracias a las algas.

Al margen de ese traumático episodio histórico, los irlandeses han utilizado desde siempre los cientos de diferentes tipos de algas que se encuentran en estas costas como fertilizante, alimento para el ganado, aislante en tejados o para rellenar los colchones.

En la actualidad, la recolección comercial de algas es un asunto controvertido y una fuente de preocupación para las comunidades que dependen de ellas, según señala a Efe Cheryl Cobern Browne, artista sudafricana afincada en el oeste de Irlanda y experta en el tema.

El pasado mayo, recuerda, el Gobierno irlandés vendió a una multinacional canadiense la empresa estatal que gestionaba la industria de las algas, “Arramara”, lo que abre la puerta, dice, a la posible introducción de un perjudicial sistema de licencias.

“Existe incertidumbre entre los productores locales y la sociedad en general sobre este asunto, pues también implica la privatización de un recurso natural muy valioso”, lamenta Cobern, quien regenta una casa rural con taller para artistas en la pequeña localidad de Mulranney, en el remoto condado occidental de Mayo, al tiempo que organiza salidas para recolectar algas.

Todo lo que sabe lo ha aprendido de Annette O’Leary, nativa de la cercana Isla de Acchill y cuya abuela aseguraba que a los habitantes de esta zona costera de gran belleza se les oscureció la piel de tanto comer algas durante la Gran Hambruna.

En su libro “El Jardín Oculto de Achill. Algas Comestibles”, O’Leary alude a los altos contenidos de carotenos o provitamina A que tienen algunas algas, lo que aumenta la producción de melanina y facilita el bronceado.

Muy adecuado en un país donde el sol se hace de rogar.

Ya en la mesa, Cheryl presenta un pan de zanahoria y dulse, la alga roja con mayor contenido de hierro, muy recomendable para anémicos, y muy rica también en magnesio, potasio, yodo y fósforo, mientras que en valor proteínico solo la supera el nori.

Junto al pan sirve una crema de pescado y marisco sobre la que cada comensal puede espolvorear hierba marina deshidratada, que además de color y sabor, suministra proteínas vegetales, aminoácidos y ácido gamma linolénico, solo presente en esta alga y en la leche materna.

De segundo, un sabroso ragú de carne está acompañado por unos espaguetis marinos, muy ricos en calcio, y unos copos de nori, más popular que otras algas por su utilización en la elaboración de los rollos de sushi.

Y de postre, Cheryl confecciona una crema de licor de naranja con una textura gelatinosa que consigue a través de una alga autóctona, la alga roja carrageen o musgo irlandés, muy apreciada por su alto contenido en hidratos de carbono complejos, potasio, calcio y por sus propiedades como espesante natural en la cocina doméstica.

Los aficionados a la elaboración de cerveza casera también utilizan la carrageen para conseguir un brebaje final más limpio de impurezas y cristalino.

Tras semejante banquete, solo se puede levantar la pinta de cerveza y dedicarle al “chef” un merecido “¡Sláinte!” (salud en gaélico).




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