Francisco Martínez, mi tío Francisco, era el segundo hijo de mi tía abuela Carlota González Salas y de Jesús Moisés Martínez Coll. Por tanto, también era nieto de Miguel González Guinán, bisnieto de Francisco González p. y tataranieto de Miguel Peña. Es decir, tenía raíces valencianas. Y se casó con su prima hermana, mi tía Berthica, hermana de mi papá.

Se graduó de doctor en Ingeniería Civil a los veintiún años, en la Universidad Central de Venezuela, en 1941. Y aún era muy joven cuando se especializó en la Proyección de Hospitales. En tiempos de Medina Angarita fue designado Ingeniero de Hospitales, en la Oficina que se iba a llamar, sólo unos años después, “Dirección de Edificaciones Médico-Asistenciales del Ministerio de Obras Públicas”. Y a nadie le extrañó que, a la caída de ese gobierno, a pesar de su juventud, lo nombraran director de esa dependencia.

Hace algunos años, durante una conversación con mi papá acerca de mi tío Francisco y sus proyectos, me compartió cómo muchos de sus edificios aún perduran en la actualidad. Proyectos como “la ciudad vacacional de Los Caracas”, inicialmente destinada para ser un leprocomio; “el Hospital Central de Valencia”, ahora conocido como Centro Hospitalario “Enrique Tejera”; y “la Colonia Psiquiátrica de Bárbula”, entre otros hospitales construidos durante esa época en el país. Este período abarcó desde la caída de Medina Angarita en 1945 hasta los últimos años de la dictadura perezjimenista.

Durante nuestra charla, mi papá compartió una anécdota que vale la pena contarle al pueblo carabobeño. En una oportunidad, llegaron a oídos de mi tío noticias sobre actos de corrupción en la adquisición de materiales por parte de una de las empresas constructoras de la “Colonia Psiquiátrica de Bárbula”. Para investigar personalmente las obras, mi tío invitó a mi papá a acompañarlo. Aprovecharon el viaje para visitar a las González Salas, tías de ambos, que aún vivían en su antigua casona de la calle Rondón, al lado del consultorio del Dr. Fabián de Jesús Díaz, frente al Asilo para Ancianas y Ciegas de las Hermanitas de los Pobres.

Al llegar a Valencia, fueron directo a Bárbula para inspeccionar la obra. Mi tío, siendo joven y ágil, al saltar de una fundación a otra para esquivar un cráter, se apoyó en una cabilla que resultó ser un engaño, pues era un trozo de unos veinte centímetros que se quedó en su mano. Sorprendido, tomó un martillo y empezó a golpear las columnas, revelando que muchas estaban trucadas. Luego, probó con una base gruesa, y también cedió fácilmente, sin armazón de cabillas.

En ese momento, llegó corriendo un hombre indignado, aparentemente el ingeniero jefe, deteniendo la inspección de mi tío. El hombre, enojado, amenazó con ponerlo preso y llamó a un policía que custodiaba la obra y no dejaba de gritar. Mi tío se limitó, por respuesta, a enseñarle una de las cabillitas trucadas. Y trató de explicarle que venía de Caracas en visita de inspección, pero no se pudo identificar, el tipo no lo dejaba hablar. A gritos decía que él era el ingeniero jefe y que todo era su responsabilidad.

Cuenta mi papá que mi tío Francisco soltó el martillo y obediente siguió al ingeniero hasta su improvisada oficina, mientras el tipo seguía gritando.

Y sepa que no lo voy a perdonar… He visto que usted ha destruido una gran parte de esta construcción. Esto no se va a quedar así. Levantaré un informe detallado y se lo llevaré a mi amigo el Director de Edificaciones Médico-Asistenciales, el doctor Francisco Martínez, mi amigo Pancho. Le pediré que lo despida. Y si no prueba ahora mismo que es un funcionario del Ministerio, lo mandaré a detener con la policía. De todas maneras, ya voy a estar llamando por teléfono a Pancho para enterarlo de este atropello.

Mi tío calladito, simulaba estar pesaroso, compungido. El ingeniero tomó asiento tras un escritorio, tomó lápiz y papel y le pidió a mi tío su identificación. Mientras mi tío mansamente se la mostró ante los espantados ojos del ingeniero sinvergüenza, dijo su nombre y agregó que era el Director de Edificaciones Médico-Asistenciales, como para que no quedara dudas.

El hombre se puso de pie de un salto. Ahí se dio cuenta de que había cometido el error de su vida. Poco faltó para que se arrodillara. Ahora el apesadumbrado era él. No hallaba cómo excusarse. La empresa constructora tuvo que responder por el fraude, y un ingeniero valenciano, honesto y competente, el Dr. Antonio Burguillos, fue responsable de demoler los defectuosos trabajos y realizar nuevas obras de alta calidad. Y los años transcurrido, más de setenta, así lo han demostrado.

Hoy en día, cada vez que la comunidad universitaria, a la cual pertenezco y pertenece mi familia, celebra eventos en el teatro “Alfredo Celis Pérez”, una de las maravillosas obras de la antigua Colonia Psiquiátrica de Bárbula, o cuando asisto a cualquier evento cultural en esa sala, recuerdo esta divertida anécdota que mi papá me contó.

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