Sydney Díaz

Dayrí Blanco

Andy Cordero

 

Un barril viejo y oxidado sostiene unos bloques de concreto circulares. Están perfectamente posicionados en forma de triángulo, para dejar una pequeña entrada de cada lado donde va la leña. Todo está bien calculado tras un trabajo de “ingeniería comunitaria” que da como resultado un fogón del que sale mucho humo.

Los cartones de huevos que recicla Aura Parra han servido de mucho. La abuela, en su rutina de cocina, corta un trozo y con un yesquero enciende una punta del cartón para luego prender la leña. Si tiene suerte y el viento está a su favor, encender la llama será un proceso de abrir y cerrar los ojos. En caso contrario, tiene que armarse de mucha paciencia.

Aura Parra enciende su fogón de leña ante la ausencia de gas. Foto Sydney Díaz

Para ella, cocinar con leña era una rutina esporádica, o como dijo: “de vez en cuando”. Pero después de tres meses sin gas no ha tenido otra opción. “En 80 años que tengo es primera vez que me pasa esto”.

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En su labor diaria suele usar una pañoleta y un tapabocas. Lo hace para evitar  que el olor a leña quemada impregne su cabello y para tratar de no inhalar el humo. “Respirarlo es grave para los pulmones”.

“En 80 años que tengo es primera vez que me pasa esto”.

Hay quienes han enfrentado esta crisis comprando una cocina eléctrica. En el mercado hay una gran gama que ofertan a partir de 10 dólares, pero no todos pueden pagar ese monto. Aura Parra está en esa lista, la pensión no le alcanza.

Falta de gas y de electricidad

Raúl Coronel logró comprar una cocina eléctrica para afrontar la escasez de gas. Aún así, no siempre puede comer porque los constantes y cada vez más prolongados apagones se lo impiden.

Lo mismo enfrenta María Pereira. Tiene seis meses sin gas y ya ha pagado por dos cocinas eléctricas, porque las fluctuaciones de tensión las dañan. “Cuando la electricidad se va y no he comido calmo el hambre con pan dulce. El sueldo mínimo no te da ni para comprar una cocina, ni cubrir la cesta básica, ni mucho menos para sustentarte ante un posible apagón que se puede venir en Venezuela”.

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Aldo Romero tiene seis meses sin recibir gas doméstico  y ya no cree en nada. “Los de la junta comunal dicen y prometen todos los días que van a traer el gas, pero nunca lo traen. Y sé que no es culpa de ellos porque mientras las refinerías no estén trabajando, no hay producción de gasolina y por ende tampoco de gas”.

“Los de la junta comunal dicen y prometen todos los días que van a traer el gas, pero nunca lo traen”

Él ha tomado medidas prácticas en su casa. Para no forzar y dañar su cocina eléctrica usa leña para aquellos alimentos que requieren una cocción larga o altas temperaturas.

La leña llegó a las cocinas ante la escasez de gas. Foto Andy Cordero

Para Elsy López no ha sido nada fácil. “Nosotros estamos pasando una situación horrible con el gas, y peor aún, yéndose la electricidad a diario ¿Qué pasaría si nuevamente ocurre lo del año pasado que estuvimos hasta cinco días sin luz?”.

Resolver, la nueva rutina del venezolano. Foto Andy Cordero

El mercado negro

Como todo en Venezuela, cualquier producto escaso se consigue en el mercado negro. Es así como la venta de bombonas de gas doméstico en el estado Carabobo ha aumentado en los últimos meses a precios que alcanzan los 50 dólares.

Maura Luna tiene un comedor social en el que atiende hasta a 150 personas al día, entre niños y ancianos. Para no detener su labor ha tenido que comprar dos bombonas. Le ofrecieron una llena hasta la mitad en 50 dólares, y la otra en 30 dólares completamente vacía. Pero solo pudo comprar dos cilindros vacíos porque no tenía los 80 dólares completos.

Ella padece de asma y ha tenido que cocinar a leña cada vez que se presenta alguna falla eléctrica, pero no está dispuesta a dejar de ayudar a las personas por la mala gestión del gobierno y el abuso de quienes se aprovechan de esta situación para monetizar.

La labor social de Mayra Luna no se detendrá por la ineficiencia del gobierno. Foto Andy Cordero

Por la leña ha pagado hasta tres dólares. También la ha intercambiado por productos de la cesta básica.

El precio del mercado negro venezolano, de unos 50$, está por encima en 233% del costo que tiene una bombona en países como Perú y Colombia, que es de 15 dólares.El irreal precio regulado de un cilindro de 10 kilos está en 50 mil bolívares, unos 0,6 dólares.

El director regional en Gas Energy LA, Antero Alvarado, explicó que el problema es quelos precios de venta están regulados desde hace mucho tiempo y no reflejan los costos que se deben cubrir para crecer de manera sostenible.

Bombonas sin vida útil y en riesgo de explosión

El precio y la escasez no son los únicos problemas. Los cilindros disponibles en el mercado están, en su mayoría, obsoletos. Un trabajador de la industria explicó que tienen una vida útil de siete años, que es cuando se le realiza la prueba hidroestática de inyección de presión y agua para saber si aguantan.

La advertencia fue clara: “La mayoría de las que están en uso ya  superaron ese tiempo y se corre el riesgo de explosión”. Según explicó, el problema es que en Sidor no se produce el acero suficiente para la fabricación de unidades nuevas ni la reparación de las viejas.

“La mayoría ya superó el tiempo de vida útil y Se corre el riesgo de explosión”

El ex gerente de Pdvsa Gas e integrante de Gente del Petróleo, Miguel Albornet, enfatizó que las bombonas hay que sacarlas de servicio para inspección cada cinco años. Dependiendo de sus condiciones físicas externas y las válvulas de llenado, se restablecen y se vuelven a poner en el mercado. “Eso no se hace desde hace 10 años y por eso el parque está tan deteriorado, tanto que ha causado hasta pérdidas humanas”.

Unos seis millones de familias usan bombonas en el país y al menos cuatro millones deben ser sacadas de circulación porque so sirven. “Es muy complejo”, dijo Alvarado.

El problema de la distribución

17 años y unas cuantas decisiones equivocadas. Eso bastó para que la realidad en los hogares de Carabobo cambiara, se transformara en una en la que la calidad de vida no existe. Fue sustituida por la incertidumbre entre la lluvia que moja la leña y los apagones que dejan a las cocinas eléctricas inoperativas.

Existe un punto de quiebre clave: los despidos masivos en la nómina de Petróleos de Venezuela (Pdvsa) en 2003, tras el paro petrolero. Más de 50% del personal calificado se perdió, y la destrucción de la producción y de cada una de sus instalaciones comenzó de forma acelerada.

Ya para 2010 dejaron de pasar con regularidad los camiones llenos de bombonas por las calles de las comunidades. Comenzó a ser un privilegio recibir el gas en la puerta de la casa y la causa estaba en las plantas procesadoras del oriente y occidente del país, que mostraban sus primeras señales de desidia.

Lo siguiente fue la política de las colas. Desde la madrugada se veía a las personas en los alrededores de las plantas de llenado de gas en Carabobo, esperando su turno porque la desinversión también había tocado la puerta de esas instalaciones, expropiadas en 2008 por el gobierno de Hugo Chávez. En los cuatro años siguientes, seis de los siete llenaderos pasaron a manos del Estado y en 2012 se centralizó la labor en la única planta que no estaba en poder gubernamental. La crisis recrudeció.

En ese momento se crearon las rutas comunales de producción social que serían las encargadas de la distribución del gas domestico a precio justo. “Eso implicó que se eliminaran los estanteros que existían en las comunidades para la venta del producto y se instalara un solo punto por barrio con espacio para 50 cilindros de 10 kilos. Eso era insuficiente para la demanda”, relató uno de los pocos trabajadores que sobreviven de la red de distribución que ahora está en manos de la gobernación.

Fue un proyecto que fracasó y el sistema cambió a las citas programadas. “Los clientes llamaban a los llenaderos para saber cuándo podían ir con sus bombonas, dejarlas y buscarlas al día siguiente”. Se hacía así por el déficit de cilindros que aún persiste. Por cada planta debe haber 10 mil bombonas, y en conjunto no llegan ni a tres mil.

La crisis no cesó. Ni siquiera con el traspaso de la distribución y venta de gas a la gestión de Rafael Lacava el 4 de junio, cuando asumió las riendas de estas labores a través de la Corporación Gas Drácula. Actualmente, comunidades de los 14 municipios de la entidad cuentan entre cuatro, seis y hasta 10 meses sin gas.  Simplemente, no hay.

De acuerdo a datos publicados en el sitio web de Pdvsa Gas Comunal, actualmente operan en el país 65 plantas de llenado de gas natural de un total de 91, lo que significa que 40% está paralizado. También detallan que cuentan con una flota de 448 chutos, 325 cisternas y 2 mil 539 camiones para el despacho de bombonas a granel, para una atención de cuatro millones 694 mil 673 familias al mes. Pero las fallas persisten porque la producción es insuficiente.

 




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