Resulta pesado y hasta ocioso querer encontrar conceptos absolutos al tratar de concatenar o entrelazar la revolución con la belleza, pues cada quien tiene su idea acerca de la belleza y sus diversos patrones, como cada quien, de una u otra manera, tiene cierta noción del concepto Revolución, como también se piensa que, si para la belleza debe haber estética, de la Revolución se espera ética.

Se ha definido revolución social como un cambio de carácter violento, ruptura, sustitución del poder de una clase por otra, surgimiento de nuevas clases de poseedores y de desposeídos.

Las revoluciones, cuando triunfan y se consolidan, instauran un nuevo orden social, donde se vuelve a reprimir a los que disienten con dicho orden. Además, la dichosa razón revolucionaria se convierte fácilmente en un pretexto para la represión y la intolerancia.

Todo esto lo sintetizó Carlos Fuentes en una frase lapidaria: “Las revoluciones las hacen los hombres de carne y hueso y no los santos y todas acaban por crear una nueva casta privilegiada”.

Allí está la historia -tan citada y manipulada en estos tiempos- que nos indica que ninguna revolución superó la etapa de la dictadura del proletariado, no lograron cambiar el concepto de producción capitalista y que lo único que se consiguió fue imponer una férrea represión, una total inconformidad, un triste desengaño, protestas y un lamentable éxodo hacia países democráticos. Primorosa la cosa…

En el caso de nuestra “revolución bonita” ni tan siquiera se llegó a plantear la búsqueda de la equidad, acá lo que tuvimos fue algo inédito en la historia de la humanidad: una revolución “socialista” sustentada en montañas de miles de millones de dólares…

Ha sido tal la incapacidad de este régimen mediocre, aunado a la inmoral corrupción, que los índices de desigualdad, el retroceso de la educación y la salud pública, la inseguridad, la violencia y la pelea permanente que conlleva esta patética revolución que ni siquiera pudo mantener la seguridad alimentaria ni controlando e invadiendo propiedades productivas, así como tampoco controlando los puertos, donde se desembarca el 85% de cuanto se consume.

De tal hermosura, hoy queda miseria, hambre y corrupción.
Una “revolución bonita” que ha fracasado -tal como todas cuantas le han precedido- porque generó una vergonzosa involución hacia la dependencia, conduciendo a amplios sectores de la población hacia una postura demandante y de acrítica postración, pretendiendo instaurar la mediocridad y la complicidad, pues no sólo las dádivas van a los más desfavorecidos, sino también a otros estratos sociales… una especie de plusvalía de la sinvergüenzura; tal como lo vemos ahora con esa nueva clase social que no surgió de una lucha de clases sino del fracaso de esta bella revolución: los “bachaqueros”, ese estamento que simboliza la esencia misma del capitalismo salvaje.

Esta hermosa Revolución que ha dejado para la posteridad aquella cruda sentencia del ministro de educación, Héctor Rodríguez, quien en un arrebato de sinceridad exclamó: “No es que vamos a sacar a la gente de la pobreza para llevarlas a la clase media y que pretendan ser escuálidos”… Y el súmmum de la belleza revolucionaria, colindante con aquel concepto que Platón tenía de la belleza como aquella idea que al relacionarse con las cosas sensibles hace aparecer a la idea en cuestión como deseable, por su luminosidad y su función de despertar el amor… en el cementerio pues en cuestión de pocos meses arrebató la vida de más de 120 muchachos que tan solo protestaban para que no le expropiasen el futuro.

Pero para demostrar ese despliegue de belleza al mundo – ya que Osmel Souza tiró la toalla – allí, en un romántico y apacible rincón del Junquito, fueron acribillados seis jóvenes que terminaron de desenmascarar a esas beldades que representan el salero, el donaire, y la afabilidad de las Fuerzas Armadas Bolivarianas y sus compinches.

Cuanto garbo se escondía tras esa grotesca fachada de revolución bonita, que en su empeño de imitar arcaicas ideologías se hizo de aquel pensamiento maniqueo del “Che” como alternativa a aquellos problemas que pregonaban como la transcendental etapa de formación del “Hombre Nuevo… Helo aquí, los “Niños de la Patria” de aquel heroico ayer inmediato, son los Pranes de este horripilante y trágico momento de nuestra historia incivil…

Cuanta fealdad se escondía tras esa grotesca fachada de revolución bonita… Ojalá que no le falte razón a Theodor Adorno, uno de los integrantes de la famosa Escuela de Frankfurt, quien afirmaba que lo bello debe brotar de la fealdad.




Estimado lector: El Diario El Carabobeño es defensor de los valores democráticos y de la comunicación libre y plural, por lo que los invitamos a emitir sus comentarios con respeto. No está permitida la publicación de mensajes violentos, ofensivos, difamatorios o que infrinjan lo estipulado en el artículo 27 de la Ley de Responsabilidad en Radio, TV y Medios Electrónicos. Nos reservamos el derecho a eliminar los mensajes que incumplan esta normativa y serán suprimidos del portal los contenidos que violen la Constitución y las leyes.