Hace unos años, cuando la migración comenzó a enamorar a mi familia, con mucho temor compuse una canción que titulé “Me voy, no me voy”, con ritmo de onda nueva. La grabé con mi agrupación, Las Brujas y Zuzón de la Universidad de Carabobo. En ella, además de mencionar cosas de mi amada Venezuela, decía que no cabía en la maleta mi país, finalizando con la sentencia de que yo nunca me iría de Venezuela.

Lo he cumplido, se fueron dos de mis tres hijos, todos mis sobrinos y casi todos los de mi marido; se fue uno de mis hermanos, y mi casi nieta, (porque es la hija de la nana de mis hijos, que nació y creció entre nosotros), además de muchos de mis amigos más valiosos; pero por mi mente no pasa la idea de emigrar.

Siempre me he jactado de que soy venezolana por los cuatro costados, es más, soy una orgullosa valenciana, que nació en Caracas por circunstancias ajenas a mí, pero al igual que mi tío bisabuelo Francisco González Guinán, amo Valencia con idolatría y por eso no la puedo dejar, aunque las circunstancias me tengan en Buenos Aires desde hace cuatro meses, pero definitivamente, no quiero dejar mi país.

Ahora vienen a mi mente amigos extranjeros que migraron a Venezuela por problemas en sus países. No viví la llegada de los europeos, pero sí la de los cubanos que huyeron del régimen castrista. Gente muy valiosa, universitarios, músicos, artistas, gerentes. Muchos murieron en Venezuela, con la esperanza de regresar a su bella isla. Recuerdo de niña, cómo en una emotiva reunión, allá por los años sesenta, alguien no pudo aguantar el llanto cuando, en coro, cantaron “el son se fue de Cuba”.

También recuerdo a unos chilenos muy queridos, cuyo padre, filósofo pro Allende, habiendo ganado un concurso por oposición, daba clases en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Carabobo, y mientras el mayor estudiaba derecho y trabajaba en los tribunales como archivista y la menor estaba en bachillerato, los otros dos hermanos, se matricularon en medicina y ayudaban en su casa, laborando como mesoneros en una fuente de soda muy conocida de Valencia.

Una vez, llegué a ese local con otros amigos pertenecientes a aquella valencianidad que ya ha ido desapareciendo, y, al verme abrazar con tanta emoción a mis amigos mesoneros, me criticaron de inmediato. No me extraña que hoy en día, tal vez alguno de esos amigos criticones, tenga algún hijo de mesonero en un país vecino y ni recuerde aquel episodio.

Y es que, sin duda, esta revolución que ha acabado con Venezuela, nos ha enseñado mucho. Tengo colegas universitarias, con nivel doctoral, que hoy trabajan como niñeras en Estados Unidos o en una compañía de limpieza de hogares en Australia y no se les ha caído el oro por hacerlo. Sin duda, ahora nos tocó a los venezolanos.

Conocí hace unos días a una costurera caraqueña que arregla ropa en una tienda, resulta que es abogada penalista con postgrado en criminología. También sé de un director de coros y orquestas, que trabaja como repartidor de productos, en bicicleta. Y me tiene enamorada el cajero de una farmacia que, cuando le pregunté si era venezolano, me respondió: “no, venezolano no, ¡venezolanísimo! Cómo extraño mis cachapas con queso e’ mano, mis hallacas en diciembre y mi pan de jamón, mis playas cálidas y transparentes y las caraoticas con tajadas de mi mamá. No, no soy venezolano, ¡soy venezolanísimo!”

Ahora, los taxistas son los que más me impresionan. Un argentino me comentó que todos los venezolanos que habían llegado a la Argentina eran profesionales y comencé a interrogar a los taxistas venezolanos que conseguía. Encontré para todos los gustos, desde un cantautor que nos hizo escuchar sus canciones en lo que nos montamos en el taxi, todas bien bonitas, por cierto, hasta una enfermera de Guacara que tuvo que dejar el hospital por falta de recursos.

Pero el que más me impactó fue un ex policía. Nos contó que, cuando ya tenía nueve años en el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, CICPC, con cierto nivel, estuvo investigando un homicidio y, al terminar su investigación, le entregó un grueso expediente a su superior con el caso resuelto, listo para ser llevado a tribunales. Al cabo de unos días, le pidieron que se olvidara del asunto, que de arriba ordenaban que “dejaran eso así”. Su rabia fue tal, que desobedeció y le entregó el caso a un fiscal amigo. De todas formas, el problema terminó como él no quería, a él lo degradaron por su desobediencia y lo enviaron a un pueblo en el confín de Venezuela. Finalmente renunció y ahora es taxista en Buenos Aires.

Claro, me he conseguido médicos que ejercen como médicos, músicos que hacen música, docentes que dan clases, comerciantes que han montado sus negocios aquí, sobre todo aquellos relacionados con comida típica de nuestro país y ejecutivos petroleros que ejercen altos cargos en las compañías petroleras internacionales que laboran en Argentina, como la Shell o la Creole, personas que se formaron en la PDVSA de aquella Venezuela de ayer, que sé que vamos a recuperar.

De lo que no me queda duda, es que el venezolano le echa pichón, no se rinde y aquellos que se fueron buscando un mejor futuro, en su mayoría, nos están haciendo quedar bien en el mundo, pero quisiéramos que regresaran, en lo que todo vuelva a la normalidad, que parece que será pronto.

Y entones me pregunto ¿me voy o no me voy?, indudablemente que, si es por mí, no me voy.

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